Por, Martín Guédez
Hasta hoy la humanidad no ha podido sostener la tensión amorosa que exige la existencia en comunidad bajo los preceptos de igualdad, solidaridad y cooperación. Los variados logros que luego de enormes sacrificios hemos alcanzado para concretar la utopía se nos ha escurrido –hasta ahora- como agua entre las manos. En ese combate diario entre el instinto egoísta y el mandato solidario de la conciencia ha sido el instinto el que se ha impuesto.
Una mirada a la historia –incluido nuestro proceso actual- pone en evidencia que el peor enemigo de la utopía realizable –amén de la poderosa resistencia del sistema basado en la explotación, la ambición, la vanidad y el egoísmo- es precisamente ese ser humano dual que llevamos dentro. Capaces de actos heroicos de generosidad, amor y entrega, somos -al mismo tiempo- portadores de las peores miserias. Al modo como Pablo de Tarso le ruega a Dios, sabemos la diferencia entre obrar el bien o el mal pero hacemos –muchas veces- el mal que no queremos y dejamos de hacer todo el bien que debemos.
La misma persona que hasta ayer no más era un luchador por la igualdad y la justicia, humilde y sencillo deviene hoy –apenas unos privilegios de por medio- en un ser soberbio, arrogante, indiferente, manipulador y egoísta hasta el paroxismo. Pareciéramos estar siempre tentados por el mal y además siempre vulnerables a caer en la tentación sólo dependiendo de la circunstancia.
En nuestro proceso revolucionario esta debilidad se presenta hoy como un formidable enemigo que aleja cada día más el horizonte de la utopía concreta. Eso que llaman poder constituido –no estoy muy de acuerdo con el concepto, puesto que salvo la Asamblea originaria todos reciben un mandato incluidos los Consejos Comunales- ofrece resistencia, manipula, compra voluntades, trampea, todo para conservar la pequeña parcela de poder recién adquirido. Repitiendo los mismos vicios que la vieja oligarquía, impide –al menos lo intenta- que el Poder Popular realmente resida en el pueblo.
Ernst Bloch, el llamado filósofo de la utopía-esperanza concluye que el ser humano en solitario jamás podrá resistir la tentación. Nos perdemos por actos individuales pero nos salvamos en racimo o no nos salvamos. Ese “excedente” en la tensión ética necesario para resistir la tentación de convertirnos en “dioses” de los otros sólo se encuentra en forma difusa en el colectivo. Al final, el capitalismo es individualista y el socialismo colectivo.
Los valores necesarios para anular la tendencia instintiva al egoísmo, ese “excedente” esquivo al individuo se hace presente en el colectivo, en la comuna. No recae en forma permanente o exclusiva en uno u otro miembro de la comuna sino que rota como patrimonio común. Es, entonces, la comuna la que tiene que activar esos “excedentes” en la forma de valores necesarios para un pueblo en marcha hacia el socialismo. Es la comuna –todos y cada uno de sus miembros- la que debe ir haciendo presente los valores necesarios para frenar los brotes de egoísmo. Hoy esos valores recaerán en uno o una y mañana en otro u otra.
Baruch de Espinoza, concluye en su obra ÉTICA, luego de estudiar con rigor el comportamiento de comunidades a lo largo de la historia, que es la comunidad la que tiene y puede hacer presente los valores necesarios para lograr que el individuo sienta la felicidad de vivir en el amor colectivo, y que es la sanción del colectivo la que preserva de las caídas individuales en el error. El Estado, o cualquier otra figura que se erija en vigilante o administrador de esos valores termina constituyéndose en opresor y nueva clase dominante.
Debe el Estado Revolucionario ser eficaz cooperante con las Comunas haciendo posible que ellas nunca pierdan su protagonismo de modo que cultiven con poder los valores necesarios para desarrollar el proyecto de vida socialista sin la amenaza de nuevos señoríos. Deben los cuadros del Partido de la Revolución ser la bisagra que articule armónicamente las acciones del Estado con las tareas de la Comuna. Conocimiento y conciencia son las más urgentes tareas para estos cuadros de inserción en las comunidades.